20 de Noviembre de 2017

CONSTRUYENDO UN SABER EN TORNO A LA GESTIÓN IX:

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LA IMPORTANCIA DE LAS PRÁCTICAS PROFESIONALIZANTES EN LA FUTURA INSERCIÓN LABORAL DE LOS JÓVENES. INTRODUCIÓN. La configuración de la escuela media en Argentina surge hacia mediados del siglo XIX asociada a un determinado modelo institucional –el del Colegio Nacional.

En Argentina, los Colegios Nacionales fueron las instituciones encargadas de la educación de las clases dirigentes. Orientaron su currícula fundamentalmente para el ingreso a la Universidad y se caracterizaron por su carácter selectivo y su contenido humanista (1).

A lo largo del siglo XX, la expansión de la escuela media en nuestro país se hizo evidente. Durante los dos gobiernos peronistas (1946 – 1955) se produjeron cambios significativos en la configuración de la escuela secundaria. Las transformaciones más relevantes se manifestaron en la expansión de las escuelas técnicas junto con la creación de la Universidad Obrera Nacional, lo que supuso el desarrollo de nuevas estructuras curriculares e institucionales, desafiando el modelo de formación media hegemónico.

El retorno a la democracia trajo consigo un fuerte incremento de la matrícula del nivel a partir del impulso de un variado menú de innovaciones que incluyó, entre otras: la supresión del examen de ingreso, la renovación de los planes de estudio y cambios en las prácticas evaluatorias (2).

Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo pasado, junto con la democratización cuantitativa del nivel medio se produjeron otros fenómenos de carácter socio – político que obligaron a replantear el funcionamiento de la escuela secundaria y su vínculo con la temática de la futura inclusión de los jóvenes a la vida laboral. Nos referimos no sólo a la instrumentación de políticas económicas que ocasionaron el declive del Estado sino también, a una creciente segmentación social que afectó y sigue afectando la inserción laboral de los graduados de la escuela media en la vida productiva nacional.

La pregunta en torno a qué saberes socialmente productivos (3) deben adquirir los adolescentes durante su pasaje por la escuela secundaria tiene una vigencia crucial para pensar no sólo las trayectorias individuales sino también, el destino de la sociedad argentina en el marco de una democracia socialmente inclusiva.

EDUCACIÓN Y EMPLEO: LAS PRÁCTICAS PROFESIONALIZANTES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD LABORAL DE LOS JÓVENES

Transitar desde el mundo de la educación al del empleo constituye una travesía no siempre acogedora para los adolescentes que egresan de la escuela media. El ejercicio de una ciudadanía activa y las posibilidades de movilidad social ascendente tienen estrecha vinculación con el nivel educativo alcanzado por los jóvenes en su paso por la escolarización secundaria. Asimismo, la efectiva apropiación de saberes y su aplicabilidad en diferentes contextos de empleo constituye una preocupación cada vez más creciente para el empresariado local.

En ese contrapunto de intereses vitales, cabe preguntarse por el lugar que le cabe a las llamadas prácticas profesionalizantes en tanto dispositivos que permiten acortar la brecha existente entre el mundo de la escuela y el mundo del trabajo.

La formación del recurso humano en toda su capacidad creadora debe empezar desde muy temprano en la llamada escolaridad básica obligatoria. No nos referimos a la exclusiva transmisión de saberes técnicos ni mucho menos a la cristalización de una oferta segmentada en función de las posibilidades económicas del alumnado.

Imaginamos una educación que apueste al desarrollo de la sensibilidad y de la imaginación del niño; una educación que priorice el acercamiento a la estética, a la tecnología, y que obviamente fortalezca la adquisición de competencias en el campo de la lecto – escritura y el cálculo.

Las Prácticas Profesionalizantes se instituyen como uno de los desafíos más interesantes y complejos no sólo para el funcionamiento actual del sistema educativo sino también, para la consolidación de un empresariado nacional competitivo.

En el caso de la oferta escolar, las Prácticas Profesionalizantes no deberían quedar exclusivamente reservadas a la conformación de los currícula de las escuelas de formación técnica. Por el contrario, entendemos que las Prácticas Profesionalizantes trascienden la especificad de lo técnico para ampliar su interpretación al vasto campo de la “formación para la acción y la transformación”.

En el caso del empresariado MIPyME, urge pensar de qué manera deben sumarse al debate sobre este dispositivo no sólo para proponer ideas sino, fundamentalmente, para abrir las fábricas y las empresas a las lógicas del trabajo escolar y la presencia de los estudiantes en la vida cotidiana de las organizaciones.

Las Prácticas Profesionalizantes deberían concebirse como una instancia genuina de “formación en la acción” orientada a fortalecer competencias para la efectiva inserción de los jóvenes en el mundo del trabajo.

¿Es posible garantizar que a través de la implementación de las Prácticas Profesionalizantes el pasaje desde la escuela al empleo será exitoso?.

Sabemos que en sociedades caracterizadas por la “fragilidad de los soportes de proximidad” (4), plantear un concepto duro como es la idea de garantizar tiene sus dificultades. Pero si en lugar de establecer criterios rígidos, ofrecemos a nuestros jóvenes un menú de opciones de formación en la acción en los que ellos mismos puedan ir adquiriendo y disfrutando modalidades educativas alternativas de fuerte conectividad con el mundo exterior a la propia institución escolar, probablemente estemos facilitando un ingreso menos dificultoso al mundo del empleo.

Urge imaginar políticas socio – educativas que articulen saberes escolares y saberes del trabajo; en otras palabras, facilitar el tránsito desde las escuelas al mundo del empleo. En este emprendimiento de mediano y largo plazo, el micro, pequeño y mediano empresario tiene mucho para aportar. Trascender una identidad fraguada al calor de lógicas eminentemente productivas para pensar junto con otros (docentes, comunidad, especialistas), qué posibilidades creadoras le ofrecemos a los jóvenes que harán la Argentina de los próximos años (5).

El valor social de una empresa se mide también por el aporte a la comunidad en la que funciona y por el futuro de sus trabajadores. En ese sentido, el empresariado MIPyME debe sumarse al debate respecto de los saberes socialmente productivos con los que egresan los graduados de la escuela media.

Inscribir el destino productivo de los jóvenes como una preocupación de política pública implica comprometerse en la construcción de una sociedad más equitativa y a la vez, más competente.


(1) El Colegio Nacional de Buenos Aires fue creado por decreto durante la presidencia de Mitre en 1863. Se lo definió como una casa de educación científica preparatoria en la que se cursarían las Letras, las Humanidades, las Ciencias Morales, Físicas y Matemáticas. En relación con lo referido al modelo institucional humanista de origen jesuita, cabe destacar que el Colegio Nacional se creó sobre la base del Colegio San Carlos, creado por los Jesuitas y sostenido por esa orden hasta su expulsión.

(2) Mientras en 1960 el 24,5% de los jóvenes y adolescentes entre 13 y 18 años asistían a la escuela secundaria, en 1996 dicha cifra ascendía al 67,2%.

(3) Recuperamos esta categoría de la obra de la pedagoga Adriana Puiggrós. Véase, Puiggrós, A y Gagliano, R (2004). La fábrica del conocimiento. Los saberes socialmente productivos en América Latina. Edit. Homo Sapiens.

(4) Pérez Sosto, G (2013). La cuestión social de los jóvenes. Límite y desafío de los procesos educativos. Cátedra UNESCO.

(5) En realidad, aludimos a la idea de garantizar el derechos en su doble dimensión, personal y social, para una inscripción exitosa en el mundo del trabajo.

 

Claudia Beatriz Cao es Magíster en Gestión de Proyectos Educativos. Universidad CAECE. (2008). Título de la Tesis: “Las Reformas del Gobierno y la Gestión del Sistema Educativo: Debates Parlamentarios de la Ley Federal de Educación (1993) y de la Ley de Educación Nacional (2006)”. Calificación: Sobresaliente con Honores. Jurado: Dra. Mónica Pini; Dra. Ana Donini y Dra. María Irma Marabotto.

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