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Israel, la cima de la industria high tech

En el desierto del Neguev emerge la ciudad bíblica de Beer Sheva y pese a estar a 108 kilómetros de Tel Aviv, hasta unos años no tenía destino. En una mañana soleada y calurosa y por un puente estilo Calatrava van cientos de jóvenes.

El puente comunica la universidad Ben Gurion, un centro militar donde la elite tecnológica del ejército investiga sobre ciberseguridad y empresas privadas que se dedican al tema que está revolucionando los sistemas de defensa del mundo. A Beer Sheva se la llama hoy la ciudad del futuro por la combinación de conocimiento, tecnología y negocios.

Los científicos, que trabajan en sofisticados sistemas de detección de ataques cibernéticos, describen avances que siguen un solo dictado: ¿qué más podemos hacer?.

Israel, según aseguran, puede presumir estar a la vanguardia, incluso de EE.UU. En el polo tecnológico de Beer Sheva trabajan 2.500 ingenieros en 70 compañías.

“Es solo el comienzo”, aseguran al contar que marcando 119 en segundos pueden frenar o detener ataques a los sistemas privados. Y esto abarca desde bancos a aerolíneas o el hogar de una persona mayor.

En Israel se contabilizan 6.235 firmas de alta tecnología, entre ellas, 84 de ciberseguridad donde es el primero del mundo aventajando a EE.UU. Esas empresas son las que permiten que el PBI per cápita alcance a US$ 40.000 y triplique al de Argentina. Israel es el segundo país en premios Nobel después de EE.UU.

Hay compañías como Philips que tienen sus centros de investigación para resonancia magnética. Lo mismo ocurre con Google, Intel y Amazon que está desarrollando el sistema de drones para la distribución.

Suele decirse que en Israel, quien no cree en milagros no es realista. Pero para que el milagro suceda, el gobierno proporciona generosos beneficios. Claro que no todas son rosas y el fracaso cuenta mucho. Se les critica que las start up no alcancen a desarollarse y se vendan enseguida. Allá atribuyen esas decisiones aceleradas a que ningún país vivió tantas guerras como Israel.

Un caso notable es Mobileye con sistemas que son el ADN para los autos que se manejan solos. Fue vendida a Intel en US$ 15.000 millones en 2017, en la que fue la mayor transacción de su tipo.

Con un pequeño dispositivo, Mobileye desarrolló un asistente de dirección con sensores que avisa con alarmas si el conductor se acerca demasiado a otro coche o si una persona está por cruzar la calle.

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El gobierno de Israel subsidia la instalación obligatoria para evitar accidentes. Le dio resultado: bajaron 30%. Diane Be’ery, gerente de comunicación, anticipa un mapa que hasta indicará los lugares libres para estacionar en la calle. Y acaban de sellar un acuerdo con Volkswagen para los taxis robots. Irsa está preparando el desembarco de Mobileye a la Argentina.

Otro ejemplo es United Hatzala, una ONG de servicios médicos de emergencia que funciona con voluntarios para llegar antes que la ambulancia y acompañar a la persona accidentada. Fue una iniciativa de Ely Beer que con 5.000 voluntarios, entre ellos 200 médicos y 400 enfermeros, distribuidos por todo el país y con motos especiales llegan a los tres minutos.

“El servicio es gratuito, salva vidas, y nos sostenemos con aportes privados”, describe Raphael Poch, su vocero, en medio de una oficina 360 con pantallas y en la que trabajan codo a codo judíos ortodoxos con musulmanes practicantes.

United Hatzala ya desembarcó en Bogotá, Cartagena, New Jersey y Kiev. Pero este país de pioneros, que dejó atrás esas construcciones vagón de tren, sin balcones y ventanas pequeñas tan propias de los países pobres; tiene un 30% de su población bajo la línea de pobreza.

La tecnología no ha generado inclusión, al menos hasta ahora. Es su gran asignatura pendiente.

Fuente: Silvia Naishtat / clarin.com